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Una carrera que nos cagó a palo. 10 km de «Riomar» 2019

Riomar nos pegó muy duro, fue una carrera durísima que nos puso a prueba a todos. Muchos logramos sortear las adversidades climáticas y atravesar el arco de llegada mientras que muchos otros decidieron abandonar o fueron sacados por la organización con hipotermia o descompensados. Fue una edición que empezó con un río inofensivo y terminó con un mar desatado por la furia de una sudestada. Fue una carrera donde quedaron de lado los tiempos y los podios y donde el hecho de llegar ya era todo un logro. Personalmente felicito a todos mis nadadores por haberse enfrentado con tanta garra ante tales condiciones climáticas y haber puesto tanta cabeza en una carrera que fue muy dura hasta para los más experimentados. Felicito a todos aquellos que han logrado cruzar la meta y a todos aquellos que han tomado la excelente decisión de retirarse de la prueba poniendo por delante su salud e integridad física. Tomar esa decisión requiere de mucho coraje y de una gran inteligencia. En otra de mis notas hablo sobre este tema.

Riomar se lleva a cabo en Necochea, provincia de Buenos Aires Argentina. Se trata de nadar río abajo por el Quequén durante 7 kilómetros hasta desembocar en el mar, dar vuelta a nado a la escollera esquivando la colonia de lobos marinos y nadar en el mar durante 3 kilómetros más para desembocar en la costa y atravesar el arco de llegada.

Cuando escuché de esta carrera, me dijeron que era tan linda como desafiante, así que decidí ir y algunos de mis alumnos se sumaron conmigo. Buscamos hospedaje y nos fuimos un fin de semana a la ciudad conocida por sus amplias playas. Por supuesto que la hinchada nos acompañó.
Aquí mis emociones durante la carrera:

SÁBADO 12 DE ENERO
Llegamos cerca del medio día, nos instalamos y fuimos a comprar algunas provisiones, conocimos la playa, almorzamos y luego de acreditarnos estudiamos algunos puntos claros para tener referencias en la costa que coincidieran con la llegada. Esa noche cenamos unas pastas y nos acostamos temprano luchando contra la ansiedad de estar ya en el agua.

DOMINGO 13 DE ENERO
Amanecimos, hicimos un desayuno bien completo, alistamos los bolsos con todo el equipo de nado y salimos para el punto de encuentro en el lugar de acreditación. Ahí nos esperaban unos colectivos a los que más tarde subimos y nos llevaron al lugar de largada en el río Quequén. Una vez ahí sólo era cuestión de movernos un poco, terminar de afinar los últimos detalles y esperar la orden de largada. Se hicieron las 9 a.m, y cuando quisimos acordar ya estábamos entrando al agua dando inicio a la prueba.

7 KM POR EL RÍO
Un nadador de aguas abiertas aprende a leer las condiciones climáticas casi sin darse cuenta, y esta ocasión no sería la excepción. Recuerdo haber bajado del colectivo en el lugar de largada y haberme percatado casi de inmediato de que el río no corría con normalidad, parecía planchado y el viento soplaba en contra, por lo que la superficie del agua daba la impresión de estar corriendo hacia la derecha en lugar de la izquierda. No quise detenerme demasiado en eso para no desmotivarme, me propuse que sin importar las condiciones la iba a nadar lo mejor que pudiese. Ese verano había trabajado mucho y había entrenado muy poco así que básicamente ya sabía que lo iba a sufrir y que me iba a costar nadar cómoda pero quería disfrutar la carrera y hacerla igual. Me metí un gel en la malla, me ajusté las antiparras y nos largaron…

Entré al agua casi con furia y rápidamente encontré un hueco entre la multitud. En pocos minutos me encontraba nadando en el medio del río buscando sentir la corriente, cosa que no pude encontrar enseguida, me costaba acomodarme y cada brazada era un esfuerzo enorme, tenía el cuerpo entumecido por la temperatura del agua. A los 2 km aproximadamente logré empezar a sentirme mejor y a recuperar algunas posiciones, ya estaba en ritmo y disfrutando. Me sentía conectada con el agua.
Aproximadamente en el kilómetro 5 la malla comenzó a molestarme, admito que era bastante nueva y que no la había probado lo suficiente – terrible y enorme error que jamás debe cometerse – trataba de ignorar el roce de los brazos y el cuello pero me costaba, me empezaban a doler bastante. Para sumar algo, el chip de clasificación que traía en la muñeca me empezó a apretar mucho, entonces decidí frenar para aflojármelo rápidamente y continuar nadando. Cuando lo estaba haciendo se desprendió el abrojo y se me desarmó el dispositivo me encontré desesperada buscando el chip plástico antes de que pudiese hundirse y perderlo definitivamente. Por suerte logré manotearlo, lo armé lo más rápido que pude y seguí nadando, pero no me di cuenta de que quedó demasiado flojo. Seguí nadando y antes de llegar a la escollera me comí el gel para poder mantener el esfuerzo en el mar

VUELTA A LA ESCOLLERA
Debo admitir que estaba ansiosa por ver los lobos marinos, creo que es una de las razones por las que quise nadar esta prueba a pesar de la falta de entrenamiento. En cuanto llegué a la escollera me tomé un momento para quedarme flotando y observar a los lobos. Por suerte los lobos me mantuvieron ocupada y por unos minutos me pude olvidar de cuanto me dolían las raspaduras de la malla. Me maravillaban sus naturales desplazamientos que sin demostrar esfuerzo llevaban a cabo con enorme gracia. Los veía moverse de un lado a otro, mientras unos reposaban al sol sobre las piedras, otros jugaban entre ellos, nadaban por debajo nuestro y giraban debajo del agua, de pronto alguno emergía su brillante cabeza y asomaba sus largos bigotes con tanta gracia que me era imposible no reírme. Me hubiese quedado ahí durante horas observándolos, pero me seguían pasando nadadores y decidí volver a la carrera.

Hasta ese momento claramente la escollera me respaldaba del viento, y aunque podía ver que había comenzado a nublarse, no tenía idea de que el clima estaba por dar un giro inesperado. El agua se empezaba a sentir más fría y pesada. Dí vuelta a la escollera y finalmente entré de lleno en línea recta en el mar.

3 KM POR EL MAR
Una vez que dí vuelta a la escollera el panorama era totalmente diferente. Se había desatado una sudestada, de lo cual me di cuenta más tarde. La gente que estaba viendo desde afuera dice que de pronto se levantó viento, frío y que las olas se veían enormes. Intentaba acomodarme entre el movimiento del mar pero era realmente difícil. Cada brazada se hacía más pesada y avanzar costaba el doble. Durante esos 3000 metros pude ver con mucha suerte dos boyas y muy pocos kayak que acompañaban a otros nadadores, parecíamos estar solos en el mar sin organización que nos guiara. Mirar adelante para intentar visibilizar el camino era todo un desafío y un desgaste terrible. Ya el dolor de las raspaduras era insoportable y se sumaba el cansancio por mi falta de entrenamiento, había sentido una baja de ritmo y el frío empezaba a cobrar protagonismo.

Nadar en el mar es algo que disfruto muchísimo, pero en esa ocasión se me hizo eterno, realmente lo padecí tanto que mi único deseo era llegar de una vez por todas. Ante el cansancio pregunté a un kayak que pasaba por mi lado cuanto faltaba para llegar, me dijo que faltaban 500 metros para la boya.

ÚLTIMOS 400 METROS
500 metros no son nada para quienes entrenamos distancia, pero juro que en ese momento me pareció un montón, levanté la mirada y a lo lejos vi la boya, empecé a nadar con ganas y cuando quise acordar ya estaba en ella. Un kayak me orientó y me dijo “últimos 400 metros”, el sacrificio no terminaba nunca. Le puse onda y de algún lado saqué un resto de energía, braceaba y braceaba perpendicular a la costa cuando de pronto toqué la arena con la mano. Había llegado. Se había terminado.

LLEGAR
En la llegada estaba todo el team alentándonos, me recibieron con gritos como si hubiese ganado la prueba y me envolvieron rápidamente con una toalla. 3 horas 16 minutos marcó el reloj para mí, estaba desesperada por ir a ducharme, tenía los dedos de mis manos violetas por el frío, a penas podía sujetar el agua, pero quería esperar que llegaran todos mis nadadores que aún estaban en el agua. Mi hermano ya había llegado, de a poco fueron llegando todos. Ninguno se rindió, todos cruzaron la meta y afrontaron las adversidades de una manera admirable. Estaba tan orgullosa y feliz por ellos que la ducha podía esperar. Después de un rato de intercambiar algunas emociones que cada uno pasó mientras luchábamos con el mar, me fui finalmente al vestuario para darme un ansiado baño caliente.

Lejos de estar caliente, el agua estaba casi fría. Eramos muchos nadadores y la mayoría ya había hecho uso del agua. Me costó agarrar envión para comenzar la odisea de bañarme, me dolían tantos los dedos que a penas podía abrir los cierres y sacar mis cosas. Ducharme fue todo un nuevo desafío, lancé como pude las cosas dentro de la ducha y me metí. Tenía el cuerpo tan helado que el agua a pesar de estar casi fría se sentía caliente. Me metí debajo del la lluvia y me quedé quieta, me ardían tanto las heridas que largué un par de lágrimas para descomprimir el estrés y agarré envión para bajarme la malla muy despacio. Cada movimiento me ardía, en ese momento vi que el abrojo del chip me había lastimado tan profundo la muñeca que al día de hoy llevo una cicatriz. Por suerte sobreviví a la ducha, al shampoo y al jabón. Cuando logré terminar de abrigarme fui feliz, me volvió la temperatura y la calma.

VOLVER A LA RUTINA DESPUÉS DE ESTOS EVENTOS
No les puedo explicar lo que dormí esa noche y durante el viaje de regreso a mi ciudad. Como siempre, me llevó varios días procesar semejante odisea. Generalmente cuando vivo situaciones tan intensas y tan cargadas de emociones y aprendizajes me lleva un tiempo decantar todo eso y poder hacer un análisis más en frío. Hoy, mientras lo escribo vuelvo a revivir cada uno de los instantes que describo, sin dudas eso es lo más lindo de escribir, y compartirlo con ustedes sólo me hace más feliz.

Con este relato espero haber logrado transportarlos al menos un poco en esta enorme experiencia. Riomar aunque un tanto dramática, es uno de los desafíos más grandes que la naturaleza me ha puesto por delante y sin dudas una anécdota maravillosa de una carrera que no sólo me puso a prueba mental y físicamente sino que me dejó ver que podemos ser aún más fuertes de lo que pensamos. #LosLimitesSonSoloMentales