Una carrera que nos cagó a palo. 10 km de «Riomar» 2019

Riomar nos pegó muy duro, fue una carrera durísima que nos puso a prueba a todos. Muchos logramos sortear las adversidades climáticas y atravesar el arco de llegada mientras que muchos otros decidieron abandonar o fueron sacados por la organización con hipotermia o descompensados. Fue una edición que empezó con un río inofensivo y terminó con un mar desatado por la furia de una sudestada. Fue una carrera donde quedaron de lado los tiempos y los podios y donde el hecho de llegar ya era todo un logro. Personalmente felicito a todos mis nadadores por haberse enfrentado con tanta garra ante tales condiciones climáticas y haber puesto tanta cabeza en una carrera que fue muy dura hasta para los más experimentados. Felicito a todos aquellos que han logrado cruzar la meta y a todos aquellos que han tomado la excelente decisión de retirarse de la prueba poniendo por delante su salud e integridad física. Tomar esa decisión requiere de mucho coraje y de una gran inteligencia. En otra de mis notas hablo sobre este tema.

Riomar se lleva a cabo en Necochea, provincia de Buenos Aires Argentina. Se trata de nadar río abajo por el Quequén durante 7 kilómetros hasta desembocar en el mar, dar vuelta a nado a la escollera esquivando la colonia de lobos marinos y nadar en el mar durante 3 kilómetros más para desembocar en la costa y atravesar el arco de llegada.

Cuando escuché de esta carrera, me dijeron que era tan linda como desafiante, así que decidí ir y algunos de mis alumnos se sumaron conmigo. Buscamos hospedaje y nos fuimos un fin de semana a la ciudad conocida por sus amplias playas. Por supuesto que la hinchada nos acompañó.
Aquí mis emociones durante la carrera:

SÁBADO 12 DE ENERO
Llegamos cerca del medio día, nos instalamos y fuimos a comprar algunas provisiones, conocimos la playa, almorzamos y luego de acreditarnos estudiamos algunos puntos claros para tener referencias en la costa que coincidieran con la llegada. Esa noche cenamos unas pastas y nos acostamos temprano luchando contra la ansiedad de estar ya en el agua.

DOMINGO 13 DE ENERO
Amanecimos, hicimos un desayuno bien completo, alistamos los bolsos con todo el equipo de nado y salimos para el punto de encuentro en el lugar de acreditación. Ahí nos esperaban unos colectivos a los que más tarde subimos y nos llevaron al lugar de largada en el río Quequén. Una vez ahí sólo era cuestión de movernos un poco, terminar de afinar los últimos detalles y esperar la orden de largada. Se hicieron las 9 a.m, y cuando quisimos acordar ya estábamos entrando al agua dando inicio a la prueba.

7 KM POR EL RÍO
Un nadador de aguas abiertas aprende a leer las condiciones climáticas casi sin darse cuenta, y esta ocasión no sería la excepción. Recuerdo haber bajado del colectivo en el lugar de largada y haberme percatado casi de inmediato de que el río no corría con normalidad, parecía planchado y el viento soplaba en contra, por lo que la superficie del agua daba la impresión de estar corriendo hacia la derecha en lugar de la izquierda. No quise detenerme demasiado en eso para no desmotivarme, me propuse que sin importar las condiciones la iba a nadar lo mejor que pudiese. Ese verano había trabajado mucho y había entrenado muy poco así que básicamente ya sabía que lo iba a sufrir y que me iba a costar nadar cómoda pero quería disfrutar la carrera y hacerla igual. Me metí un gel en la malla, me ajusté las antiparras y nos largaron…

Entré al agua casi con furia y rápidamente encontré un hueco entre la multitud. En pocos minutos me encontraba nadando en el medio del río buscando sentir la corriente, cosa que no pude encontrar enseguida, me costaba acomodarme y cada brazada era un esfuerzo enorme, tenía el cuerpo entumecido por la temperatura del agua. A los 2 km aproximadamente logré empezar a sentirme mejor y a recuperar algunas posiciones, ya estaba en ritmo y disfrutando. Me sentía conectada con el agua.
Aproximadamente en el kilómetro 5 la malla comenzó a molestarme, admito que era bastante nueva y que no la había probado lo suficiente – terrible y enorme error que jamás debe cometerse – trataba de ignorar el roce de los brazos y el cuello pero me costaba, me empezaban a doler bastante. Para sumar algo, el chip de clasificación que traía en la muñeca me empezó a apretar mucho, entonces decidí frenar para aflojármelo rápidamente y continuar nadando. Cuando lo estaba haciendo se desprendió el abrojo y se me desarmó el dispositivo me encontré desesperada buscando el chip plástico antes de que pudiese hundirse y perderlo definitivamente. Por suerte logré manotearlo, lo armé lo más rápido que pude y seguí nadando, pero no me di cuenta de que quedó demasiado flojo. Seguí nadando y antes de llegar a la escollera me comí el gel para poder mantener el esfuerzo en el mar

VUELTA A LA ESCOLLERA
Debo admitir que estaba ansiosa por ver los lobos marinos, creo que es una de las razones por las que quise nadar esta prueba a pesar de la falta de entrenamiento. En cuanto llegué a la escollera me tomé un momento para quedarme flotando y observar a los lobos. Por suerte los lobos me mantuvieron ocupada y por unos minutos me pude olvidar de cuanto me dolían las raspaduras de la malla. Me maravillaban sus naturales desplazamientos que sin demostrar esfuerzo llevaban a cabo con enorme gracia. Los veía moverse de un lado a otro, mientras unos reposaban al sol sobre las piedras, otros jugaban entre ellos, nadaban por debajo nuestro y giraban debajo del agua, de pronto alguno emergía su brillante cabeza y asomaba sus largos bigotes con tanta gracia que me era imposible no reírme. Me hubiese quedado ahí durante horas observándolos, pero me seguían pasando nadadores y decidí volver a la carrera.

Hasta ese momento claramente la escollera me respaldaba del viento, y aunque podía ver que había comenzado a nublarse, no tenía idea de que el clima estaba por dar un giro inesperado. El agua se empezaba a sentir más fría y pesada. Dí vuelta a la escollera y finalmente entré de lleno en línea recta en el mar.

3 KM POR EL MAR
Una vez que dí vuelta a la escollera el panorama era totalmente diferente. Se había desatado una sudestada, de lo cual me di cuenta más tarde. La gente que estaba viendo desde afuera dice que de pronto se levantó viento, frío y que las olas se veían enormes. Intentaba acomodarme entre el movimiento del mar pero era realmente difícil. Cada brazada se hacía más pesada y avanzar costaba el doble. Durante esos 3000 metros pude ver con mucha suerte dos boyas y muy pocos kayak que acompañaban a otros nadadores, parecíamos estar solos en el mar sin organización que nos guiara. Mirar adelante para intentar visibilizar el camino era todo un desafío y un desgaste terrible. Ya el dolor de las raspaduras era insoportable y se sumaba el cansancio por mi falta de entrenamiento, había sentido una baja de ritmo y el frío empezaba a cobrar protagonismo.

Nadar en el mar es algo que disfruto muchísimo, pero en esa ocasión se me hizo eterno, realmente lo padecí tanto que mi único deseo era llegar de una vez por todas. Ante el cansancio pregunté a un kayak que pasaba por mi lado cuanto faltaba para llegar, me dijo que faltaban 500 metros para la boya.

ÚLTIMOS 400 METROS
500 metros no son nada para quienes entrenamos distancia, pero juro que en ese momento me pareció un montón, levanté la mirada y a lo lejos vi la boya, empecé a nadar con ganas y cuando quise acordar ya estaba en ella. Un kayak me orientó y me dijo “últimos 400 metros”, el sacrificio no terminaba nunca. Le puse onda y de algún lado saqué un resto de energía, braceaba y braceaba perpendicular a la costa cuando de pronto toqué la arena con la mano. Había llegado. Se había terminado.

LLEGAR
En la llegada estaba todo el team alentándonos, me recibieron con gritos como si hubiese ganado la prueba y me envolvieron rápidamente con una toalla. 3 horas 16 minutos marcó el reloj para mí, estaba desesperada por ir a ducharme, tenía los dedos de mis manos violetas por el frío, a penas podía sujetar el agua, pero quería esperar que llegaran todos mis nadadores que aún estaban en el agua. Mi hermano ya había llegado, de a poco fueron llegando todos. Ninguno se rindió, todos cruzaron la meta y afrontaron las adversidades de una manera admirable. Estaba tan orgullosa y feliz por ellos que la ducha podía esperar. Después de un rato de intercambiar algunas emociones que cada uno pasó mientras luchábamos con el mar, me fui finalmente al vestuario para darme un ansiado baño caliente.

Lejos de estar caliente, el agua estaba casi fría. Eramos muchos nadadores y la mayoría ya había hecho uso del agua. Me costó agarrar envión para comenzar la odisea de bañarme, me dolían tantos los dedos que a penas podía abrir los cierres y sacar mis cosas. Ducharme fue todo un nuevo desafío, lancé como pude las cosas dentro de la ducha y me metí. Tenía el cuerpo tan helado que el agua a pesar de estar casi fría se sentía caliente. Me metí debajo del la lluvia y me quedé quieta, me ardían tanto las heridas que largué un par de lágrimas para descomprimir el estrés y agarré envión para bajarme la malla muy despacio. Cada movimiento me ardía, en ese momento vi que el abrojo del chip me había lastimado tan profundo la muñeca que al día de hoy llevo una cicatriz. Por suerte sobreviví a la ducha, al shampoo y al jabón. Cuando logré terminar de abrigarme fui feliz, me volvió la temperatura y la calma.

VOLVER A LA RUTINA DESPUÉS DE ESTOS EVENTOS
No les puedo explicar lo que dormí esa noche y durante el viaje de regreso a mi ciudad. Como siempre, me llevó varios días procesar semejante odisea. Generalmente cuando vivo situaciones tan intensas y tan cargadas de emociones y aprendizajes me lleva un tiempo decantar todo eso y poder hacer un análisis más en frío. Hoy, mientras lo escribo vuelvo a revivir cada uno de los instantes que describo, sin dudas eso es lo más lindo de escribir, y compartirlo con ustedes sólo me hace más feliz.

Con este relato espero haber logrado transportarlos al menos un poco en esta enorme experiencia. Riomar aunque un tanto dramática, es uno de los desafíos más grandes que la naturaleza me ha puesto por delante y sin dudas una anécdota maravillosa de una carrera que no sólo me puso a prueba mental y físicamente sino que me dejó ver que podemos ser aún más fuertes de lo que pensamos. #LosLimitesSonSoloMentales

Abandonar siempre es una opción

Este título es algo que llevo pensando hace mucho tiempo y finalmente desarrollarlo es algo que me pone muy feliz. Uno pensaría que abandonar es algo impensado, algo mal visto – principalmente por nosotros mismos – pero en mi opinión: abandonar siempre es una opción, es una salida más. ¿Quién podría darte un consejo de este tipo?, a lo que respondo “yo”, y me inclinaré a hablar sobre natación, pero si te sirve podes darle el rumbo que desees a estas palabras, puede que te ayuden a sobrepasar cualquier otra situación, de todos modos yo los aplico a todo últimamente.

¿Cuándo abandonar puede convertirse en una salida?, cuando sea lo que sea que estemos haciendo deje de generarnos placer, cuando ya no nos haga feliz y cuando dejemos de experimentar el disfrute a través de eso que comienza a transformarse en un pesar. Tenemos que buscar estar bien y que lo que estemos viviendo en el presente sea lo que elijamos, porque después de todo tenemos que saber que cada uno de nosotros tenemos la capacidad de generar un cambio de cualquier tipo y en cualquier momento para poder ir en busca de un nuevo rumbo en la dirección que nosotros realmente deseemos.

Jamás voy a olvidar la primera vez que abandoné una carrera, que por el momento sigue siendo la única. Hasta ese día siempre había pensado que yo nunca iba a abandonar una prueba, de hecho no podía imaginarme renunciando a cruzar la línea de llegada, pero «nunca digas nunca». Un día eso que yo creía imposible finalmente me llegó, y estuvo muy lejos de ser como lo hubiese imaginado. Haberme enojado, frustrarme y arrepentirme de dejar de nadar es lo que habría imaginado que sentiría al rendirme ante una prueba, pero no fue lo que sucedió, fue completamente diferente y aprendí muchísimo, para mi misma y también para poder transmitírselos a los demás, principalmente a mis alumnos.

Hoy puedo decir que aprendo mucho más de las malas experiencias que de las buenas. De hecho cada situación que me golpea me hace más fuerte y me lleva a estar un escalón más arriba en relación a mi misma. Perseguir una actualización de mi propia versión se ha vuelto un estilo de vida. Cada experiencia me lleva a superarme, crecer y aprender de ella para poder encarar la siguiente con más fuerza.
Todo esto que digo no sólo lo aplico al deporte, al contrario, lo aplico en cada aspecto de mi vida, día a día y a partir de cada vivencia. Los desafío a que hagan lo mismo.

Ahora si… los dejo con el relato de aquella carrera que dio inicio a todas estas conclusiones

Aclaro que esta no era la primera vez que yo nadaba una carrera de esta distancia y que todos mis nadadores estaban igual de preparados para esa prueba, también contaban con experiencia previa en otras participaciones, pero no podría haber calculado el giro que daría el evento aquel día.

Era Febrero en Gualeguaychú. Entre Ríos, Argentina. 7 km por el Río Gualeguay. No sólo era mi primera vez en esa organización, sino que también llevé a mi grupo. Por lo que tenía mi propia carrera sobre los hombros y también la de mis nadadores. 7 nadadores que se meterían al río, de los cuales 3 eran menores de edad.

Recuerdo haber visto que algunos nadadores llevaban un acompañante y haber pensado en voz alta antes de largar, «¿llevan apoyo en una carrera de una hora?». Más tarde entendería el por qué algunos nadadores tenían un kayak que los acompañara durante toda la carrera. Gualeguaychú era nuevo para mi y días previos había hecho una reunión con los padres de los menores para que quedara todo claro. Había investigado todo lo necesario y estaba todo en orden: recorrido, cronograma y documentación a presentar.

Nos acreditamos y poco después estábamos en la línea de largada.
«Éxitos a todos!! a nadar con ganas y a no guardarse nada», les dije, y largamos. Arranqué nadando fuerte, con ritmo para una carrera de una hora, que es una prueba estándar para lo que son las aguas abiertas, una carrera rápida y río abajo con corriente a favor.
Me costó acomodarme desde el principio, de hecho recuerdo haberme exigido bastante para poder ir al ritmo que quería. Mientras nadaba pensaba que quizás había perdido rendimiento, después de todo había estado entrenando menos las semanas previas, pero a pesar de que no llevaba reloj – nunca uso en carrera – por tener experiencia en aguas abiertas podía saber que estaba pasando algo raro. Sabía que estaba en el río hacía bastante tiempo y aún no llegaba a una de las referencias que había dado la organización. Cuando viéramos un puente rojo estaríamos a 3 km de la llegada. Braceaba y braceaba y no avanzaba, el puente nunca llegaba. Me empecé a cansar y me empecé a desconcentrar, me encontraba sola en el río y ya sin ganas de nadar. El panorama era raro y realmente estaba aburrida, la cabeza comenzó a ganarme. Pensaba en mis alumnos y si yo estaba pasándola mal, cómo estarían ellos. Frené y empecé a nadar pecho muy desganadamente esperando que la corriente me arrastre, pero no había caso, el río estaba completamente planchado. Me dije: dale, dale!!. Y arranqué nuevamente a nadar, pero pasaban unos minutos y me volvía a detener, quería salir del agua, no quería nadar más. No había ido a eso, no tenía ganas de eso. Había planificado otra carrera y no la estaba disfrutando realmente, la estaba pasando mentalmente mal.

Si no tenés ganas de leer todo podes bajar directamente hasta la conclusión de aquel alocado día

De pronto pasó un kayak y le pregunté cuánto tiempo de carrera íbamos. Me respondió que llevábamos 1 hora y 40 minutos en el agua.
Recuerdo haber exclamado “¿quéeeeeeee?!!!”.
“Dale, venís bien”, me dijo. Y siguió avanzando en el río. Recuerdo haberme quedado como petrificada por unos segundos, no entendía nada, era una prueba de supuestamente una hora. En ese preciso momento supe que quería salir del agua, miraba a mi alrededor y sólo había pastizal, ni siquiera podía salir y caminar hasta la llegada, tampoco podía levantar el brazo y que me sacaran, pues ni botes de apoyo había, estaba renegada conmigo, enojada con la organización y preocupada por mis alumnos, sobre todo por los menores. No paraba de pensar en que los padres estarían preocupadísimos y alguno con ganas de matarme. Comencé a nadar con más fuerza esperando adelantar todo lo que pudiese hasta ver un bote. Después de un buen rato pasó un kayak y le pregunté si faltaba mucho para el famoso puente rojo. Me respondió que faltaban aún 1000 metros para llegar al puente y siguió adelante. Saqué cálculos mientras nadaba y entendí que faltaba muchísimo, con las condiciones en las que estaba el río serían al menos 30 minutos más y desde ahí aún quedaban 3000 metros. Me dije basta, levanté la cabeza y grité llamando al kayak, se acercó a mi y surgió una conversación de locos.
– ¿Estás bien?, me preguntó.
– Si, pero quiero salir, le dije.
– ¿Querés agua?. Venís bien.
– No, gracias, quiero salir.
– Dale, dale que venís bien.
– No, estoy aburrida, quiero salir, no quiero nadar más.
– ¿Segura?, pero venís bien.
Y ahí mismo mi paciencia llegó al limite y le grité, “Quiero salir, estoy aburrida, quiero salir. QUIERO SALIR”. Me miró raro y avisó a una embarcación que viniese a buscarme. Gracias le dije. Parecía broma, el buen hombre no entendía que no era físico el problema, entiendo que quería alentarme y después entendí que venía bien posicionada, pero yo no necesitaba eso. Continué nadando a desgano esperando que apareciera el bote, iba en un intento de pecho desarmado mirando adelante continuamente y a propósito, para que no se les ocurriera seguir de largo y que vieran que era yo quien quería abandonar la carrera.

Al rato apareció la embarcación, frenaron a mi lado, sonrieron y me dijeron: ¿vos sos la que está aburrida y quiere salir?. Largué la risa. Arriba iban dos de la organización y un hombre que también se había resignado. Subí al bote y me volvió la felicidad al cuerpo, por fin estaba fuera del agua. Pregunté que pasaba y me dijeron que el río estaba corriendo en contra. ¿Qué?, ¿estábamos nadando en contra de la corriente?, no lo podía creer. Coincidimos todos en que era una locura, que no podía ser, que debía informarse y que deberían haber acortado la carrera.

La embarcación continuó yendo en contra del recorrido hasta llegar al último nadador, por lo que pude ver a cada uno de mis nadadores, principalmente a los más chicos. Me saludaban sin entender, yo les preguntaba si estaban bien y si es que querían continuar. Todos decidieron seguir y afirmaban estar un poco cansados pero querían continuar nadando. Insistí con que podían dejar de nadar si así lo deseaban, y yo era el claro ejemplo de que podían hacerlo. Cuando llegamos al final comenzamos a ir hacia la llegada. No voy a olvidar nunca que cuando estábamos por pasar por debajo del puente vimos una mujer grande que nadaba y nadaba y no avanzaba, estaba siempre en el mismo lugar, anclada junto a en un yuyo/pasto gigante al cual no lograba dejar atrás. Me quedé impactada y exclamé: ¿están viendo eso?, es una locura esto!.

Finalmente llegamos a la meta, me bajé del bote y todo el equipo que venía de hinchada incluyendo los padres, se me vinieron encima. Estaban preocupados, los tiempos estaban completamente fuera de lo esperado, cuando me dejaron en la orilla íbamos más de 2 horas de carrera, sin hidratación, sin comida y sin habernos preparado mentalmente para eso, y mis alumnos menos habían entrado al río esperando esa carrera. Yo estaba mal, me sentía completamente responsable por los chicos y me fui directo a hablar con la organización, unos me decían que eso no pasaba nunca, que era la primera vez y ponían cara de indignados, mientras que otros me decían que era común y que no era la primera vez que pasaba. ¿Cómo podía ser que no esté aclarado en ningún lado?, yo había leído de principio a fin la página de la organización desde el primer día y en ningún lado aclaraba nada sobre las condiciones del río, pero que casualidad que quienes tenían apoyo eran quienes ya había asistido a otras ediciones.

Me dirigí a nuestro gazebo e intenté calmar nuevamente a las familias repitiéndoles una vez más que los había visto a todos y que estaban bien. Que todos sabían que podían abandonar cuando estuviesen cansados y que por suerte ellos estaban siendo acompañados por las pocas embarcaciones que disponía la organización. Uno de los chicos del equipo tomó un kayak de la organización, yo tomé otro y nos separamos en busca de nuestro equipo. Uno de los más chicos decidió abandonar faltando 2000 metros, uno de los más grandes andaba paseando arriba de un bote y todo el resto del team seguía dando pelea. De 8 que fuimos sólo 3 abandonamos, el resto completó la carrera, exhaustos y desconcertados se propusieron cruzar la meta y así lo hicieron.

Fue una carrera inolvidable, todos nos acordamos siempre de ese día, unos dicen que se sintieron cansados pero bien, otros afirman que de haber sabido el tiempo que llevaban en el agua se hubiesen desmotivado. El único que llevaba reloj cuenta no haberlo mirado, por lo que no tenía noción de nada. Todo pasaba por la mente de cada uno, eran completamente ignorantes de las condiciones que los rodeaban, y por eso considero que junto a la garra que le pusieron al río aquel día, los ayudó no haber sabido demasiado sobre lo que pasaba, no hubo nada que los distraiga, su mente seguía enfocada en la carrera, en cada brazada, en cada respiración y en el objetivo de llegar y ganarle a tremendo río.

Conclusión

Y acá es cuando quiero detenerme en el análisis de todo esto. Personalmente soy partidaria de que abandonar siempre es una opción, que no es nada malo, es una decisión personal que debe hacerse de forma consciente y poniendo en una balanza aquello que nos genera. Yo personalmente aquel día la estaba pasando realmente mal, no era físico, el malestar era emocional, me había aburrido, no había ido a sufrir, había ido con la meta de nadar una hora al mejor ritmo posible, y cuando me vi nadando casi dos horas y ya sin energía ni ganas, decidí retirarme. Y no les voy a mentir, me costó tomar la decisión, pensaba en que ejemplo estaría dando como entrenadora, en que si luego me iba a arrepentir, en que quizás estaba perdiendo la oportunidad de subir al podio, en que probablemente me iba a enojar conmigo misma o a frustrarme posteriormente al evento, pero nada de eso pasó. En el momento que salí del agua me sentí feliz y segura de que mi principal objetivo era disfrutar de hacer algo que tanto amo, y no me importó la medalla de finisher ni el podio, solo me importaba no estar haciendo algo que disfruto tanto pero esta vez contra mi voluntad y lejos de todo placer.

Días después comencé – como siempre – a analizar todo lo que había vivido y pude sacar esta conclusión:
Soy partidaria de que lo más importante es disfrutar de lo que hacemos, sea lo que sea poder llevarlo adelante con ganas, energía y placer, y aquel día me encontré frente a una situación para la cual no me había mentalizado y había preparado de otra manera en mi mente. Muchas otras veces he estado mentalmente dispuesta a adaptarme a las condiciones y sobreponerme a cualquier otra circunstancia, pero ese día no era el caso. Por lo que hoy elijo desistir de todo lo que no me genere placer.

Antes de haberlo vivido yo misma en carne propia también les hubiese dicho que abandonar no tiene nada de malo, pero lo hubiese dicho desde mi rol de entrenadora, desde la empatía y desde el apoyo emocional. Hoy puedo afirmar que abandonar no tiene nada de malo, y puedo decirlo no solo como entrenadora, sino también como nadadora, fusionando perfectamente mi perfil profesional con mi perfil personal.

Afirmo y reafirmo que si no estamos disfrutando de lo que hacemos, analizar bien como nos sentimos y como queremos sentirnos en cierta situación, puede hacer que decidamos dar un paso al costado para aprender también de eso. Después de todo como dicen por ahí “soldado que huye sirve para otra guerra”

Juliana Aguiar Coach

Natación: un deporte integrador

La natación es uno de los pocos deportes que se viene practicando de forma continua desde los primeros juegos paralímpicos en 1960, Roma.

En la natación paralímpica se practican cuatro estilos: libre, pecho, espalda y mariposa, sin olvidar los relevos. Todas las pruebas se llevan a cabo en pileta olímpica de 50 metros y los nadadores pueden salir desde tres posiciones: de pie sobre el cubo, sentados en el cubo o desde el agua. En este deporte los atletas se clasifican en función de cómo afecta su discapacidad a la hora de practicar cada estilo.

La clasificación se divide de acuerdo a las limitaciones que poseen los atletas y es más o menos así:
S1 a S10 engloba a aquellos que tienen discapacidad física o parálisis cerebral, siendo los de S1 los más afectados y los de S10 los menos afectados.
La clase S11 se reserva para los nadadores con ceguera.
S12 y S13 corresponde a deficientes visuales y S14 a discapacidad intelectual.

Quiero aclarar en este punto, que existen muchísimos deportes adaptados para atletas con discapacidad, pero yo amante del agua me detengo sobre la bella y noble natación.

Tenemos muchos representantes a nivel nacional e internacional, uno de los que tuve la oportunidad de conocer es a Guillermo Marro, medallista olímpico que tiene una fundación a través de la cual promueve el desarrollo del deporte adaptado de alto rendimiento, en sus diferentes disciplinas. Su Entrenadora Marcela Belviso es una referente del deporte adaptado con quien pude formarme y hasta el día de hoy nos mantenemos en contacto. He podido asistir a observar sesiones de entrenamiento en River y he quedado realmente maravillada con el trabajo que hacen, ver la fuerza de voluntad de estos atletas que se enfrentan a miles de desafíos diariamente y ver todo el esfuerzo que hay detrás de cada familia es simplemente inspirador.

En una de mis jornadas de cronometrista en el CeNARD (Centro de Alto Rendimiento Deportivo), donde pude apreciar a muchos nadadores con diferentes características, pero lo que más me marcó es la actitud y la fuerza de voluntad que tienen, son un ejemplo de lucha y de vida para muchos otros chicos y familias, mismo para la sociedad en sí y para quienes no tenemos ningún tipo de limitación motora o intelectual.

Ver nadadores con ceguera total o parcial, ir por el centro del carril nadando derechísimos, ver a quienes que se largan desde el agua sujetando una toalla con la boca en lugar de sujetarse del borde con sus brazos, a los que llegan en sillas de rueda y cuando se bajan de ella se mueven con total normalidad o mismo así a quienes a simple vista no presentan una afección pero cuando entran al agua la falta de fuerza es notable, ver a cada uno de los atletas es ver una historia de vida, es sentir la pasión a la par de ellos y es inevitable pensar “y yo me quejo”.

Más allá de haber estudiado todo lo que tiene que ver con la formación técnica, saber todas estas cuestiones no tiene nada que ver con llevarlo a la práctica ni verlo en vivo y en directo.
Para seguir deleitándolos con ejemplos les comento: los nadadores con sordera tienen en el cubo de partida una luz que reemplaza la señal sonora de largada bajo la cual dan comienzo a la prueba.
Una de las grandes maravillas, al menos para mí, es cuando puedo ver a los entrenadores de nadadores con ceguera indicarles el momento de realizar la vuelta americana. Esto ocurre de la siguiente manera: los entrenadores poseen un bastón largo con una pelotita en la punta como una especie de hisopo con el cual tocan la cabeza del nadador y este interpreta que debe realizar la vuelta americana. Es realmente sorprendente. Para ponernos más gráficos: nadadores que no ven, pero que claramente tienen un dominio del cuerpo y del espacio increíble dentro del agua, cuando se avecina la pared confían plenamente en su entrenador quien les dará la orden para ejecutar la acción de viraje sin ver, sin chocarse la pared, ni quedar demasiado lejos. Claramente para que todo esto sea posible debe existir entre ellos un enorme vínculo de confianza, imagínense.

Este es un artículo modificado a partir de uno que escribí hace un tiempo y que quería compartir con ustedes. Cuando lo escribí la vez anteriormente fue el 22 de Junio de 2014, ese día se llevaba a cabo por primera vez el cruce al Canal de la Mancha – estrecho que une mediante 34 kilómetros a Francia con la Isla de Gran Bretaña – por un grupo de siete atletas paralímpicos, fue denominado como “el reto más grande del mundo”. El primer hombre en conseguir completar el cruce fue Matthew Webb en 1875 y la primer mujer en lograrlo fue Gertrude Ederle en 1926 a quien apodaron como “la reina de las olas”.
Con respecto a nadadores argentinos, en 1961 Antonio Abertondo fue el primer hombre en realizar el doble cruce al Canal de La Mancha, recorrió 44 millas entre ida y vuelta. También fue el primer argentino en cruzar el estrecho de Gibraltar. Quien siguió a Antonio fue Enriqueta Corina Duarte, la primer mujer argentina que realizó el cruce a nado del Canal de la Mancha con un tiempo de 13 horas y 26 minutos.

Quiero felicitar a cada una de las personas que con o sin limitaciones, día a día buscan superarse. También a todos aquellos a los que estén por adentrarse en este maravilloso y hermoso deporte que es tan noble como inspirador.

Espero haberlos inspirado a compartir un poco de las diferentes realidades que nos rodean y que de a poco hagamos del mundo un lugar más empático e integrador.

Gracias por su tiempo al leerme
Juliana Aguiar, Entrenadora