Abandonar siempre es una opción

Este título es algo que llevo pensando hace mucho tiempo y finalmente desarrollarlo es algo que me pone muy feliz. Uno pensaría que abandonar es algo impensado, algo mal visto – principalmente por nosotros mismos – pero en mi opinión: abandonar siempre es una opción, es una salida más. ¿Quién podría darte un consejo de este tipo?, a lo que respondo “yo”, y me inclinaré a hablar sobre natación, pero si te sirve podes darle el rumbo que desees a estas palabras, puede que te ayuden a sobrepasar cualquier otra situación, de todos modos yo los aplico a todo últimamente.

¿Cuándo abandonar puede convertirse en una salida?, cuando sea lo que sea que estemos haciendo deje de generarnos placer, cuando ya no nos haga feliz y cuando dejemos de experimentar el disfrute a través de eso que comienza a transformarse en un pesar. Tenemos que buscar estar bien y que lo que estemos viviendo en el presente sea lo que elijamos, porque después de todo tenemos que saber que cada uno de nosotros tenemos la capacidad de generar un cambio de cualquier tipo y en cualquier momento para poder ir en busca de un nuevo rumbo en la dirección que nosotros realmente deseemos.

Jamás voy a olvidar la primera vez que abandoné una carrera, que por el momento sigue siendo la única. Hasta ese día siempre había pensado que yo nunca iba a abandonar una prueba, de hecho no podía imaginarme renunciando a cruzar la línea de llegada, pero «nunca digas nunca». Un día eso que yo creía imposible finalmente me llegó, y estuvo muy lejos de ser como lo hubiese imaginado. Haberme enojado, frustrarme y arrepentirme de dejar de nadar es lo que habría imaginado que sentiría al rendirme ante una prueba, pero no fue lo que sucedió, fue completamente diferente y aprendí muchísimo, para mi misma y también para poder transmitírselos a los demás, principalmente a mis alumnos.

Hoy puedo decir que aprendo mucho más de las malas experiencias que de las buenas. De hecho cada situación que me golpea me hace más fuerte y me lleva a estar un escalón más arriba en relación a mi misma. Perseguir una actualización de mi propia versión se ha vuelto un estilo de vida. Cada experiencia me lleva a superarme, crecer y aprender de ella para poder encarar la siguiente con más fuerza.
Todo esto que digo no sólo lo aplico al deporte, al contrario, lo aplico en cada aspecto de mi vida, día a día y a partir de cada vivencia. Los desafío a que hagan lo mismo.

Ahora si… los dejo con el relato de aquella carrera que dio inicio a todas estas conclusiones

Aclaro que esta no era la primera vez que yo nadaba una carrera de esta distancia y que todos mis nadadores estaban igual de preparados para esa prueba, también contaban con experiencia previa en otras participaciones, pero no podría haber calculado el giro que daría el evento aquel día.

Era Febrero en Gualeguaychú. Entre Ríos, Argentina. 7 km por el Río Gualeguay. No sólo era mi primera vez en esa organización, sino que también llevé a mi grupo. Por lo que tenía mi propia carrera sobre los hombros y también la de mis nadadores. 7 nadadores que se meterían al río, de los cuales 3 eran menores de edad.

Recuerdo haber visto que algunos nadadores llevaban un acompañante y haber pensado en voz alta antes de largar, «¿llevan apoyo en una carrera de una hora?». Más tarde entendería el por qué algunos nadadores tenían un kayak que los acompañara durante toda la carrera. Gualeguaychú era nuevo para mi y días previos había hecho una reunión con los padres de los menores para que quedara todo claro. Había investigado todo lo necesario y estaba todo en orden: recorrido, cronograma y documentación a presentar.

Nos acreditamos y poco después estábamos en la línea de largada.
«Éxitos a todos!! a nadar con ganas y a no guardarse nada», les dije, y largamos. Arranqué nadando fuerte, con ritmo para una carrera de una hora, que es una prueba estándar para lo que son las aguas abiertas, una carrera rápida y río abajo con corriente a favor.
Me costó acomodarme desde el principio, de hecho recuerdo haberme exigido bastante para poder ir al ritmo que quería. Mientras nadaba pensaba que quizás había perdido rendimiento, después de todo había estado entrenando menos las semanas previas, pero a pesar de que no llevaba reloj – nunca uso en carrera – por tener experiencia en aguas abiertas podía saber que estaba pasando algo raro. Sabía que estaba en el río hacía bastante tiempo y aún no llegaba a una de las referencias que había dado la organización. Cuando viéramos un puente rojo estaríamos a 3 km de la llegada. Braceaba y braceaba y no avanzaba, el puente nunca llegaba. Me empecé a cansar y me empecé a desconcentrar, me encontraba sola en el río y ya sin ganas de nadar. El panorama era raro y realmente estaba aburrida, la cabeza comenzó a ganarme. Pensaba en mis alumnos y si yo estaba pasándola mal, cómo estarían ellos. Frené y empecé a nadar pecho muy desganadamente esperando que la corriente me arrastre, pero no había caso, el río estaba completamente planchado. Me dije: dale, dale!!. Y arranqué nuevamente a nadar, pero pasaban unos minutos y me volvía a detener, quería salir del agua, no quería nadar más. No había ido a eso, no tenía ganas de eso. Había planificado otra carrera y no la estaba disfrutando realmente, la estaba pasando mentalmente mal.

Si no tenés ganas de leer todo podes bajar directamente hasta la conclusión de aquel alocado día

De pronto pasó un kayak y le pregunté cuánto tiempo de carrera íbamos. Me respondió que llevábamos 1 hora y 40 minutos en el agua.
Recuerdo haber exclamado “¿quéeeeeeee?!!!”.
“Dale, venís bien”, me dijo. Y siguió avanzando en el río. Recuerdo haberme quedado como petrificada por unos segundos, no entendía nada, era una prueba de supuestamente una hora. En ese preciso momento supe que quería salir del agua, miraba a mi alrededor y sólo había pastizal, ni siquiera podía salir y caminar hasta la llegada, tampoco podía levantar el brazo y que me sacaran, pues ni botes de apoyo había, estaba renegada conmigo, enojada con la organización y preocupada por mis alumnos, sobre todo por los menores. No paraba de pensar en que los padres estarían preocupadísimos y alguno con ganas de matarme. Comencé a nadar con más fuerza esperando adelantar todo lo que pudiese hasta ver un bote. Después de un buen rato pasó un kayak y le pregunté si faltaba mucho para el famoso puente rojo. Me respondió que faltaban aún 1000 metros para llegar al puente y siguió adelante. Saqué cálculos mientras nadaba y entendí que faltaba muchísimo, con las condiciones en las que estaba el río serían al menos 30 minutos más y desde ahí aún quedaban 3000 metros. Me dije basta, levanté la cabeza y grité llamando al kayak, se acercó a mi y surgió una conversación de locos.
– ¿Estás bien?, me preguntó.
– Si, pero quiero salir, le dije.
– ¿Querés agua?. Venís bien.
– No, gracias, quiero salir.
– Dale, dale que venís bien.
– No, estoy aburrida, quiero salir, no quiero nadar más.
– ¿Segura?, pero venís bien.
Y ahí mismo mi paciencia llegó al limite y le grité, “Quiero salir, estoy aburrida, quiero salir. QUIERO SALIR”. Me miró raro y avisó a una embarcación que viniese a buscarme. Gracias le dije. Parecía broma, el buen hombre no entendía que no era físico el problema, entiendo que quería alentarme y después entendí que venía bien posicionada, pero yo no necesitaba eso. Continué nadando a desgano esperando que apareciera el bote, iba en un intento de pecho desarmado mirando adelante continuamente y a propósito, para que no se les ocurriera seguir de largo y que vieran que era yo quien quería abandonar la carrera.

Al rato apareció la embarcación, frenaron a mi lado, sonrieron y me dijeron: ¿vos sos la que está aburrida y quiere salir?. Largué la risa. Arriba iban dos de la organización y un hombre que también se había resignado. Subí al bote y me volvió la felicidad al cuerpo, por fin estaba fuera del agua. Pregunté que pasaba y me dijeron que el río estaba corriendo en contra. ¿Qué?, ¿estábamos nadando en contra de la corriente?, no lo podía creer. Coincidimos todos en que era una locura, que no podía ser, que debía informarse y que deberían haber acortado la carrera.

La embarcación continuó yendo en contra del recorrido hasta llegar al último nadador, por lo que pude ver a cada uno de mis nadadores, principalmente a los más chicos. Me saludaban sin entender, yo les preguntaba si estaban bien y si es que querían continuar. Todos decidieron seguir y afirmaban estar un poco cansados pero querían continuar nadando. Insistí con que podían dejar de nadar si así lo deseaban, y yo era el claro ejemplo de que podían hacerlo. Cuando llegamos al final comenzamos a ir hacia la llegada. No voy a olvidar nunca que cuando estábamos por pasar por debajo del puente vimos una mujer grande que nadaba y nadaba y no avanzaba, estaba siempre en el mismo lugar, anclada junto a en un yuyo/pasto gigante al cual no lograba dejar atrás. Me quedé impactada y exclamé: ¿están viendo eso?, es una locura esto!.

Finalmente llegamos a la meta, me bajé del bote y todo el equipo que venía de hinchada incluyendo los padres, se me vinieron encima. Estaban preocupados, los tiempos estaban completamente fuera de lo esperado, cuando me dejaron en la orilla íbamos más de 2 horas de carrera, sin hidratación, sin comida y sin habernos preparado mentalmente para eso, y mis alumnos menos habían entrado al río esperando esa carrera. Yo estaba mal, me sentía completamente responsable por los chicos y me fui directo a hablar con la organización, unos me decían que eso no pasaba nunca, que era la primera vez y ponían cara de indignados, mientras que otros me decían que era común y que no era la primera vez que pasaba. ¿Cómo podía ser que no esté aclarado en ningún lado?, yo había leído de principio a fin la página de la organización desde el primer día y en ningún lado aclaraba nada sobre las condiciones del río, pero que casualidad que quienes tenían apoyo eran quienes ya había asistido a otras ediciones.

Me dirigí a nuestro gazebo e intenté calmar nuevamente a las familias repitiéndoles una vez más que los había visto a todos y que estaban bien. Que todos sabían que podían abandonar cuando estuviesen cansados y que por suerte ellos estaban siendo acompañados por las pocas embarcaciones que disponía la organización. Uno de los chicos del equipo tomó un kayak de la organización, yo tomé otro y nos separamos en busca de nuestro equipo. Uno de los más chicos decidió abandonar faltando 2000 metros, uno de los más grandes andaba paseando arriba de un bote y todo el resto del team seguía dando pelea. De 8 que fuimos sólo 3 abandonamos, el resto completó la carrera, exhaustos y desconcertados se propusieron cruzar la meta y así lo hicieron.

Fue una carrera inolvidable, todos nos acordamos siempre de ese día, unos dicen que se sintieron cansados pero bien, otros afirman que de haber sabido el tiempo que llevaban en el agua se hubiesen desmotivado. El único que llevaba reloj cuenta no haberlo mirado, por lo que no tenía noción de nada. Todo pasaba por la mente de cada uno, eran completamente ignorantes de las condiciones que los rodeaban, y por eso considero que junto a la garra que le pusieron al río aquel día, los ayudó no haber sabido demasiado sobre lo que pasaba, no hubo nada que los distraiga, su mente seguía enfocada en la carrera, en cada brazada, en cada respiración y en el objetivo de llegar y ganarle a tremendo río.

Conclusión

Y acá es cuando quiero detenerme en el análisis de todo esto. Personalmente soy partidaria de que abandonar siempre es una opción, que no es nada malo, es una decisión personal que debe hacerse de forma consciente y poniendo en una balanza aquello que nos genera. Yo personalmente aquel día la estaba pasando realmente mal, no era físico, el malestar era emocional, me había aburrido, no había ido a sufrir, había ido con la meta de nadar una hora al mejor ritmo posible, y cuando me vi nadando casi dos horas y ya sin energía ni ganas, decidí retirarme. Y no les voy a mentir, me costó tomar la decisión, pensaba en que ejemplo estaría dando como entrenadora, en que si luego me iba a arrepentir, en que quizás estaba perdiendo la oportunidad de subir al podio, en que probablemente me iba a enojar conmigo misma o a frustrarme posteriormente al evento, pero nada de eso pasó. En el momento que salí del agua me sentí feliz y segura de que mi principal objetivo era disfrutar de hacer algo que tanto amo, y no me importó la medalla de finisher ni el podio, solo me importaba no estar haciendo algo que disfruto tanto pero esta vez contra mi voluntad y lejos de todo placer.

Días después comencé – como siempre – a analizar todo lo que había vivido y pude sacar esta conclusión:
Soy partidaria de que lo más importante es disfrutar de lo que hacemos, sea lo que sea poder llevarlo adelante con ganas, energía y placer, y aquel día me encontré frente a una situación para la cual no me había mentalizado y había preparado de otra manera en mi mente. Muchas otras veces he estado mentalmente dispuesta a adaptarme a las condiciones y sobreponerme a cualquier otra circunstancia, pero ese día no era el caso. Por lo que hoy elijo desistir de todo lo que no me genere placer.

Antes de haberlo vivido yo misma en carne propia también les hubiese dicho que abandonar no tiene nada de malo, pero lo hubiese dicho desde mi rol de entrenadora, desde la empatía y desde el apoyo emocional. Hoy puedo afirmar que abandonar no tiene nada de malo, y puedo decirlo no solo como entrenadora, sino también como nadadora, fusionando perfectamente mi perfil profesional con mi perfil personal.

Afirmo y reafirmo que si no estamos disfrutando de lo que hacemos, analizar bien como nos sentimos y como queremos sentirnos en cierta situación, puede hacer que decidamos dar un paso al costado para aprender también de eso. Después de todo como dicen por ahí “soldado que huye sirve para otra guerra”

Juliana Aguiar Coach